El caso de la casa en obras – Capítulo 6

La oscuridad desapareció con el encendido de luces de la casa. Era la primera vez que la veía iluminada por los fluorescentes y no por las luces oscuras, que le conferían ese toque siniestro. La entrada, que recreaba un antiguo castillo se había transformado en la recepción de un polvoriento hotel. Un casillero lleno de llaves coronaba una pared, dónde un lujoso mostrador de madera daba la solemne bienvenida al lugar. El detective Papaya, recorrió aquellos primeros metros con ciertas dudas. Pese a saber qué no había animatrónicos por la escena, tenía un cierto temor a los sobresaltos que pudiera llevarse. No obstante, aquel primer cambio le pareció interesante. Le daba otro ambiente al lugar y de seguro, aquella atracción volvería a ser la estrella de la temporada. El suelo había sido cubierto con una alfombra de color rojo, que por alguna extraña razón, aparecía manchada en algunos lugares con grandes manchas oscuras. Pero una de las manchas llamó su atención: era una mancha brillante, más clara que las anteriores y parecía alargarse hacía el resto de las estancias. El gamusino que vive en el archivador se acercó a la mancha y se llevó las manos a la nariz. Aquello olía a rayos. Efectivamente, era aceite de motor. El ladrón de los animatrónicos había pasado por aquí. Mirando el resto de la sala, dónde unos sofás y una mesa, hacían de zona de descanso, el detective descubrió algo que no le acabó de cuadrar:
– Si la casa está en reformas y lo que quedaba, era arreglar y actualizar los animatrónicos, ¿por qué tenemos este cuadro así? El resto de cuadros están perfectos, con los nuevos marcos y colgados a la misma altura. Pero… este cuadro tiene algo raro. Algo me dice que aquí hay gato encerrado.

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La nueva decoración de la casa encantada, recuerda a un hotel. Pero, ¿qué hay colgando del cuadro?

El gamusino pegó un salto, cruzando por delante de la cara del detective Papaya y cayendo sobre uno de los sofás. Uno de los brazos del Monstruo de Frankenstein, estaba agarrado y escondido en uno de los cuadros de la sala. Aparte, restos de una huella se aprecian en el cuadro. Parece que estamos cerca del causante del robo. Al intentar coger aquella pieza, el detective notó su gran peso y no dudó en pedir ayuda. Un par de jóvenes técnicos aparecieron de una de las salas auxiliares y se llevaron una de las piezas. El qué parecía que llevaba la voz cantante, le informó:
– ¡Pues solo falta por aparecer la cabeza! Mientras cambiábamos los paneles de la taquilla, hemos encontrado el torso del robot y en la sala que antes ocupaba el comedor, las dos piernas. Pero no hay ni rastro de la cabeza.
– Comprendo, señor Adosmanos. Parece que no ha podido con el gran peso del animatrónico. Es el más grande que hay en toda la casa, ¿no?
– Bueno, el señor Cañadeazúcar, compro uno más grande. En la nueva distribución de la Casa Encantada, en la planta superior hay un espacio de spa y quiere colocar un monstruo en él, que emerja del agua.
– ¿Y recuerda el nombre del monstruo? Quizás sea interesante saber qué tipo de monstruo es, pues podría darme información sobre el robo.
– Déjeme que eche un vistazo a la lista que nos entregó el señor Cañadeazúcar. Seguro que lo encuentro en un periquete.

¿Cuál de los siguientes monstruos no aparece en esta sopa? Resulta que es el nuevo animatrónico del parque.

Tras conocer la nueva estrella animatrónica de la Casa Encantada en la lista del joven Adosmanos, el detective Papaya accedió a la nueva sala: el gran hall con el ascensor. El antiguo comedor había pasado a un gran pasillo, a medio iluminar, dónde el suelo crujía, las lámparas se movían y los indicadores del ascensor emitían extraños efectos. Con las puertas del ascensor abiertas, pudo ver qué allí era el lugar dónde estarían dos de los robots desaparecidos: el verdugo y la bruja. Al otro lado del pasillo, la puerta de la antigua cocina, que ahora había sido reconvertida en un bistró francés. Al intentar cruzar a la nueva sala, las puertas no cedieron. Estaban encajadas y no había forma de abrirlas. El joven Adosmanos, apareció nuevamente en la sala, con un destornillador e intentando hacer fuerza para separar las lamas, desistió ante la falta de éxito:
– Es extraño. Estas puertas deberían estar abiertas, pues aún estamos ultimando detalles.
– Entonces, ¿no hay nadie más en la zona?
– No, señor. Solamente estamos mi compañero y yo. Creo recordar que hay otra puerta de acceso, justo en uno de los ascensores. Buscaré el código, pues es una puerta que se accede con un teclado numérico. Espere y ya le avisaré.

A los pocos minutos, aparece con un amarillento trozo de papel y desaparece por dónde ha venido. Se le ve cansado y algo preocupado. Al abrir el papel, el detective Papaya no entiende nada, pero pronto deduce el motivo de su preocupación. El señor Cañadeazúcar, receloso de la seguridad de su parque, siempre acaba codificando sus contraseñas. Y con su mala memoria, ha vuelto a olvidar cuál era la correcta y por tanto, nos tocará resolverla.

Descifra el código numérico que abre la puerta.

Las puerta se abren y unos ojos brillantes cruzan la oscuridad del pasillo. El detective Papaya intenta alcanzarlos, pero tropieza con algo, saliendo el gamusino disparado contra un interruptor. Las luces se encienden y una nube de polvo cae sobre ellos. ¿Quién o qué era aquello?

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