El caso del shhhh… (un caso silencioso) – Capítulo 4

Agnés Mermelada, más conocida como la secretaría Mermelada, abrió el cajón y sacó un pequeño saco de tela marrón, que parecía contener objetos metálicos. Por la etiqueta del cajón, debían de ser engranajes. El señor Foucault, apareció cubierto de polvo y agarró la bolsa. Abriéndola con una mano y sacando algo del interior con la otra, comenzó a explicarle:
– Señorita Mermelada. El objeto que estoy buscando es un antiguo aparato que construyó, a finales del siglo XIX, el trastatarabuelo de la detective Tiramisú.
– Sabía que la familia de la detective Tiramisú, había formado parte de la fundación de la Agencia de Detectives de Monstruos, pero no sabía que tenían tanto vínculo.
– Sí. Su trastatarabuelo, el señor Erico Tiramisú, ideó este invento para solucionar un problema que tenían con un monstruo muy particular. Uno, que se dedicó a provocar malestar a los aldeanos de Las Afueras, a finales del siglo XIX…

Año 1899

En la Plaza de la Fuente, el joven Erico Tiramisú, repartía octavillas impresas a los transeúntes, mientras los señores y las señoras, disfrutaban del paseo matutino de los domingos, escuchando al organillero o dándole migas de pan a las palomas, vestidos con elegantes vestidos y trajes de la época.

– Perdone, señor Foucault, ¿pero cómo era la ropa de aquellos tiempos?
– Muy elegante. Si quiere, le explico como era.

Encuentra las prendas típicas de vestir del siglo XIX en esta sopa de letras…

El detective Erico Tiramisú, tenía que sufrir las burlas y las jocosidades de los mozuelos del pueblo, que pensaban que estaba loco por aquellas octavillas dónde decía que era capaz de atrapar monstruos u otros seres domésticos que perturbaran los sueños y la tranquilidad de las doncellas de la casa. En la Agencia, poco trabajo había para tener mucha gente y principalmente, se apañaba él solo, de todas las tareas administrativas. Una buena mañana, apareció una señora muy elegante. Se hacía llamar Alegría. Venía de la pequeña población que antiguamente era Villalejana. Por sus ropas, tenía que ser alguien con poder nobiliario y más tarde, descubriría que era la Marquesa de Sinestesía.

– Un momento. ¿Es familiar del actual marqués de Sinestesia?
– Exacto. Su tatarabuela, para ser exacto.

Aquella doncella pidió los servicios de la Agencia, para espantar a un preocupante ser que volvía loco, al artesanal reloj de cuco, importado de Alemania. Cómo no tenía nada mejor que hacer, decidió acompañarle al castillo de la Marquesa, en las afueras de la pequeña población de Villalejana. En aquella época, los viajes eran muy muy largos y la gente se entretenía con acertijos y enigmas como el siguiente.

Un antiguo enigma algo complicado. ¿Seguro que no tiene trampa?

Tras una ruta algo complicada, por un camino de piedras sin asfaltar, llegaron al elegante edificio de la Marquesa de Sinestesia, en las afueras de Villalejana. Desde allí se veía el campanario de San Bartolomé y los tejadillos bajos, que rodeaban la plaza de Abastos (que ahora le llamáis, plaza del Mercado). Era un edificio muy grande, con un gran patio interior, coronado por un pequeño balcón. El reloj de cuco se encontraba en una amplía sala alargada. Por alguna extraña razón, el cuco había dejado de salir. El detective Tiramisú, sin embargo, no tenía idea de relojería y por más que miraba aquel reloj, no entendía lo que estaba sucediendo. Se quedó varias horas mirando las agujas moverse y girar alrededor de la gran esfera blanca, rellena de números romanos. Pero en ningún momento se escuchó el canto del pájaro. La señora marquesa estaba algo molesta por la poca actividad del detective y preguntó si había algo que hacer. El detective Tiramisú, le aconsejó que le dejase llevar el reloj a un experto relojero de Las Afueras, pero ella se negó en banda. Pidió al detective, que volviese a la Agencia y que trajese, al día siguiente, a un buen relojero con él. ¿De dónde iba a sacar él, un buen relojero? Volviendo a las Afueras, con la luna ya en lo alto, encontró un pequeño taller en la Calle de la Cerámica, un lugar dónde artesanos de todo tipo, seguían trabajando con materias primas y con sus manos, como herramienta. Le atendió, un señor bajito, calvo y con un gran bigote cano. Ese señor se hacía llamar Heliodoro Foucault y era mi tatarabuelo. Sólo le pidió una condición: saber escribir bien en números romanos. El detective Tiramisú, era una persona culta y se enfrentó al reto. ¿Lo superó?

Relaciona estos números romanos con su forma correspondiente. (Próximamente, segunda parte de este juego, con las excepciones del 4, 9…)

Continuará…

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